viernes, 3 de abril de 2015

El exabrupto de Mercedes Vigil y la calidad de nuestra democracia

Hace años Carlo Guinzburg escribió un artículo sobre el nacimiento de lo que llamó el “paradigma indiciario”. Según Guinzburg, a fines del siglo XIX se combinaron una serie de desarrollos en el campo de la crítica del arte, de la literatura, y de la medicina, que tenían en común el señalar la significancia de los pequeños detalles porque en ellos que se encontraba indicios de una verdad más profunda. Así, por ejemplo, para asignar adecuadamente la autoría de una pintura, el crítico no debía concentrarse en los rasgos obvios del estilo pictórico, porque ellos eran los más fácilmente imitables. Debía, en cambio, concentrarse en detalles como las curvas de las orejas, porque era allí donde dónde se encontraba la clave de la autenticidad. Y era justamente este fijarse en los detalles, los indicios, lo que garantizaba la efectividad de ese producto literario del siglo XIX que fue Sherlok Holmes.
La primera vez que leí el artículo de Guinzburg lo hice con gran interés, porque diversos autores que respetaba habían señalado su importancia; aunque la verdad, en su momento no capté su valor. Con el tiempo he visto, sin embargo, que efectivamente existen muchas veces indicios, fenómenos realmente menores pero que contienen un significado mayor, por lo que su análisis permite entrever una realidad más profunda y sustantiva. El reciente exabrupto de la señora Vigil entra, en mi opinión, en esa categoría.
Primero aclaremos el contexto. El exabrupto de la señora Vigil no fue algo dicho al azar, una expresión desafortunada captada por un micrófono inadvertidamente encendido. No. Fue escrito,  publicado y reafirmado. ¿Cómo entender entonces semejante ordinariez de parte de quién se percibe a sí misma como un valor de la cultura nacional? En mi opinión pueden aventurarse dos razones que, aunque relacionadas, son diferentes. Ambas permiten explicar semejante salida de tono. La primera refiere a una circunstancia menor, relativa al lugar que ocupa la autora en la cultura nacional y cómo éste afecta su narcisismo. La segunda, más relevante, quizá sea un indicio de algo más importante respecto a la calidad de nuestra democracia, así como a nuestro carácter –querámoslo o no- de sociedad latinoamericana.
Si la calidad literaria y el aporte a la cultura se midiera en función de libros vendidos, parece claro que la señora Vigil ocuparía un lugar destacado entre nuestros intelectuales. Pero si así fuera, Corín Tellado sería más importante para la lengua castellana que Onetti (quizá incluso que Cervantes), Tinelli sería el máximo exponente de la cultura argentina, y Dan Brown el más importante entre los escritores vivos. Las razones por las que un autor alcanza reconocimiento por su aporte artístico son complejas y escapan a mi entendimiento. Tampoco puedo evaluar la calidad literaria de los libros de Vigil, no sólo porque carezco de la capacidad, sino porque no he leído ninguno (gente cuyo gusto aprecio me ha dicho que son malos y hay demasiados libros buenos que aún no he leído como para perder el tiempo). Lo que sí puedo afirmar, y puede hacerlo cualquiera que lea su blog, es que la señora Vigil se cree merecedora a un reconocimiento superior al que recibe. Como ello no ocurre, no sólo defenestra autores que son más exitosos que ella en este sentido, sino que se considera una víctima de una conspiración izquierdista que se las ha arreglado de alguna forma –incluso desde antes de 2005- para negarle el lugar que merece. No llama la atención entonces, que esa actitud de autovictimización la transformara en una persona resentida (recordemos que el tema central del post en cuestión es su frustración ante un Uruguay que no es, según dice, su lugar en el mundo) que necesita rebajar a “los conspiradores” para elevarse a sí misma. Ahí radica, creo, una parte de la explicación del incidente.
Pero pienso que hay otra dimensión que quizá sea un indicio de algo más profundo, y refiere a una situación que ha sido habitual en la historia latinoamericana: la indignación por parte de las elites ante el crecimiento de la influencia política de los sectores populares. Efectivamente, de Bolivia a Sudáfrica, pasando por Argentina y Chile, es habitual que cuando se produce un empoderamiento de los sectores populares, que además suelen tener el mal gusto de elegir como representantes a quienes ellos creen que mejor los representan, algunos elementos de la elite tradicional –estoy tentado de llamarlos intelectuales orgánicos de la oligarquía- salen a la palestra a denunciar la crisis de valores y la decadencia de la cultura. Lo que no admiten, porque todos estamos demasiado imbuidos del discurso democrático, es que lo que realmente les molesta es la idea de que el mecanismo de un ciudadano un voto pueda dar lugar a la elección de gobernantes que carezcan de la aprobación del patriciado vernáculo. Entonces salen a la luz los inquisidores que elevan la cruz para exorcizar el demonio del “populismo”, o, en la versión de Mercedes Vigil, el mal gusto a la hora de vestirse.

Mi trabajo en el área de la historia económica me ha supuesto estudiar la sociedad y la política chilena con una profundidad superior a lo que he hecho con la uruguaya, y la tradicional convicción de las elites trasandinas de tener una suerte de derecho divino respecto al gobierno de su nación fue algo que rápidamente captó mi atención. Siempre creí que allí radicaba una diferencia sustancial respecto de nuestro país, donde los elementos aristocráticos, como hace tiempo señaló Real de Azúa, siempre han sido más débiles. Sin embargo, cada tanto surgen indicios, como la grosería de la señora Vigil que me recuerdan que al fin y al cabo somos un país latinoamericano y aún queda mucha democracia por construir.

lunes, 2 de febrero de 2015

El Partido Colorado, la crisis de 2002, y un poco de filosofía de la historia

La motivación de este post viene dada por dos circunstancias totalmente diferentes que sólo tienen en común su sincronía. Por una parte, el nuevo episodio de la crisis (¿terminal?) del Partido Colorado, esta vez de la mano de la renuncia de su candidato a la Intendencia de Montevideo dentro del Partido de la Concertación. La segunda, una lectura de verano, una de esas novelas de 900 páginas que ahora, culminada la tesis, puedo leer. De esta coincidencia temporal entre una lectura y una coyuntura surge la pregunta que intento explorar en el post: ¿estaría el Partido Colorado en esta situación crítica sin la crisis del 2002? Existe, además, una motivación adicional, y es que en cierta medida voy a discutir conmigo mismo.
En un post anterior sobre la crisis del Partido Colorado (PC) argumenté que la misma era el resultado de un fenómeno estructural, producido a lo largo de dos décadas,  por el cual, a la vez que el PC había abandonado el batllismo, los batllistas habían abandonado al PC. Como resultado, el PC se ubica hoy como el “hermano menor” dentro de un bloque liberal–conservador liderado por el Partido Nacional. Una posición que, creo, es muy probable se transforme en un fenómeno de largo plazo, algo similar a lo ocurrido con el Partido Liberal británico. Pero si bien sostengo que se trata de un cambio estructural, pienso que un fenómeno coyuntural, la crisis de 2002, fue central para que éste se produjera. La idea que deseo explorar es que la crisis constituyó una “coyuntura crítica” que dio lugar a un equilibrio dentro del bloque liberal-conservador que asigna al PC un rol menor, pero que este equilibrio no era ni previsible ni inevitable. Aclaro desde ya, por las dudas, que sigo aquí la receta del famoso economista ruso-americano: 95% especulación y 5% de evidencia.
En estas vacaciones me devoré 22/11/63. Ese es el título de una novela de Stephen King, cuyo protagonista viaja al pasado para evitar el asesinato de JFK. Las (buenas) novelas sobre viajes al pasado son interesantísimas porque suelen abordar dos problemas fundamentales de la filosofía de la historia. Por una parte, exploran las preguntas  contrafactuales del tipo ¿qué hubiera pasado si? ¿Habría habido nazismo si Hitler hubiera muerto en la Primera Guerra? O, como se plantea en la novela, ¿habría habido guerra de Vietnam si no hubieran matado a Kennedy? Anahid Balian, mi profesora de historia de 5º año, gustaba de responder a alguna de mis impertinencias señalando que la historia se ocupa de lo que pasó, no de lo que pudo haber pasado. Es cierto, pero también es cierto –como aprendí después- que preguntarnos sobre lo que pudo haber pasado constituye una herramienta central para comprender y explicar lo que efectivamente pasó. La inmensa mayoría (¿todas?) de las explicaciones históricas tienen implícito un contrafactual en tanto que sin la causa que se imputa en la explicación se supone que el fenómeno en cuestión no habría ocurrido. El segundo de los problemas filosóficos relativos al conocimiento histórico a los que las novelas de ese tipo están suelen dar lugar es a la relación entre las estructuras y las contingencias, entre el azar y la necesidad. Si, como en el caso de la novela, lo que se modifica en el ejercicio de razonamiento contrafactual es un suceso –el asesinato de Kennedy- en lugar de una estructura o un contexto de mayor calado –la Guerra Fría-, entonces se acepta que lo contingente e imprevisible cumple un rol importante en el devenir histórico: la Guerra Fría no determinaba la necesidad de una guerra en Vietnam. Un factor circunstancial, como quién presidía los EE.UU. en la segunda mitad de los años sesenta, habría sido determinante.
Pongamos esto en unos términos un poco más “elevados” apelando a un poco de “filosofía de la historia”, pero de la mano de un Premio Nobel en química que se preciaba de haber introducido la contingencia histórica en las ciencias físicas. Para Prigogine, “comprender una historia no es reducirla a regularidades subyacentes ni a un caos de sucesos arbitrarios; es comprender a la vez las coherencias y sucesos: las coherencias en tanto que pueden resistir los sucesos y condenarlos a la insignificancia o, por el contrario, ser destruidas o transformadas por algunos de ellos; los sucesos en tanto que pueden o no hacer surgir nuevas posibilidades de historia.”[1]
Es decir, de lo que se trata es de indagar en las relaciones entre los fenómenos estructurales (coherencias) y los contingentes (sucesos), entendiendo la historia como el resultado de la interacción entre ambos. En algunos casos los procesos estructurales “absorben” los sucesos, la estructura permanece en pié. Pero en otros, los sucesos pueden dar lugar a un nuevo equilibrio, un nuevo tipo de estructura. Podemos hablar en esos casos de “coyunturas críticas” o, como el mismo Ilya Prigogine prefería, “puntos de bifurcación”:
“Llamamos bifurcación al punto crítico a partir del cual se hace posible un nuevo estado, los puntos de inestabilidad alrededor de los cuales una perturbación infinitesimal es suficiente para determinar el régimen de funcionamiento macroscópico de un sistema, son puntos de bifurcación”.[2]
Podemos ilustrar el concepto con un diagrama de bifurcación (Figura 1), tomado de la lectura que hiciera Prigogine al momento de recibir el Premio Nobel de Química en 1977.

Figura1: Diagrama de Bifurcación

Fuente: Prigogine, Nobel lecture, 1977

En el diagrama se observa cómo, a partir de determinados niveles del parámetro l, el sistema se vuelve inestable, existiendo más de una solución. A partir del punto de bifurcación A, el sistema puede recorrer dos senderos distintos, sin que podamos predecir a priori, cual recorrerá. Para explicar un estado dado de un sistema de este tipo es necesario recurrir a su historia:
“La definición de un estado, más allá del umbral de inestabilidad, no es ya intemporal. Por ello,  no basta referirse a la composición química y las condiciones del entorno, en efecto, ya no es deducible que el sistema se encuentra en ese estado singular, existen otros estados igualmente accesibles. Por tanto, la única explicación es histórica o genética: es necesario definir el camino que constituye el pasado del sistema, enumerar las bifurcaciones atravesadas y la sucesión de las fluctuaciones que han formado la historia real entre todas las historias posibles”.[3]
Es decir, ocurre muchas veces que las cosas no debían necesariamente ser como fueron, pero una vez que han sido, podemos analizar su historia y explicar por qué fueron como fueron (perdón por el trabalenguas).
Hacia el año 2000 podía observarse un fenómeno estructural, tendencial, según el cual el sistema político uruguayo estaba mutando hacia la constitución de dos bloques diferentes a los que habían signado el siglo XX. Los antagonistas principales ya no serían blancos y colorados, sino por un lado una coalición “progresista” que incluía desde fuerzas socialdemócratas hasta la izquierda marxista, y por otro un bloque liberal-conservador, conformado por los dos partidos tradicionales que se reconocían parte de una misma familia ideológica. Fue de hecho la propia consciencia de que esta transformación era de tipo estructural, lo que motivó la reforma constitucional que introdujo la segunda vuelta. Veinte años después, el Partido Colorado se ha transformado en el socio menor de la familia liberal-conservadora. Pero este resultado en ningún modo estaba definido hacia el año 2000. El rol que cabría a cada partido dentro del bloque tradicional era entonces algo aún por definir.
Uno puede imaginar tres alternativas posibles. En primer lugar, podía ocurrir que los dos partidos del bloque conservador mantuvieran un peso similar –como habían tenido en la elección de 1994. En ese caso, cada primera vuelta resultaría en una elección competitiva en que cada partido pugnaría por pasar al balotaje. Algunas veces ganarían los blancos y otras los colorados. Presumo que era éste el escenario que se figuraban los dirigentes de ambos partidos. Pero podría ocurrir, también, que uno de los dos partidos tomara la delantera sobre el otro en forma significativa y duradera. Dado que para una parte importante del electorado liberal-conservador es indiferente qué partido lidere, era posible que tendieran a apoyar a aquel que vieran con más posibilidades de vencer al Frente Amplio. Así, hacia el año 2000 la transformación del sistema político –la coherencia- se encontraba en un momento crítico, “lejos del equilibrio”, de modo tal que un suceso podía dar lugar a un “punto de bifurcación” que volcara la evolución tendencial en uno u otro sentido. En 1999, la primera vez que el nuevo sistema se utilizó, el Partido Colorado aventajó al Nacional por una importante diferencia (33% a 22% de los votos válidos). En dicha elección los blancos tuvieron una de las peores votaciones de su historia. Pero no fueron las disputas en la interna blanca y la mala elección del Partido Nacional en 1999, sino la crisis de 2002, lo que dio lugar a un nuevo equilibrio. El haber estado en el gobierno durante la crisis –un fenómeno contingente- condujo a una pésima votación del Partido Colorado en la elección siguiente -2004- y desde entonces se ha percibido al Partido Nacional como el que, dentro del bloque liberal-conservador, puede disputar la presidencia al FA. Así, el PC se encuentra entrampado en un equilibrio desfavorable, en la medida que un conjunto importante del electorado del bloque lo considera como el socio menor y prefiere brindar su apoyo al que percibe como más fuerte. Dado que su motivación central consiste en desplazar al FA, los argumentos relativos a que puede votar al que saldrá tercero en la primera vuelta para votar al segundo luego no le son de recibo. Por el contrario, su interés principal es fortalecer al que dentro del bloque percibe como más fuerte, porque es él el que deberá enfrentar al adversario principal. En resumen, según esta especulación, el “suceso” del año 2002 fue determinante para que la transformación estructural que dio lugar al bloque liberal-conservador se compusiera de dos partes desiguales: un retador, que es el Partido Nacional, y un socio menor: el Partido Colorado.
Es posible, más bien probable, que todo este razonamiento esté equivocado. Pero quizá de él pueda surgir alguna hipótesis de trabajo interesante, y si no, no importa, porque me he divertido elaborándolo (cada uno se divierte como quiere).



[1] Prigogine & Stengers, Entre el tiempo y la eternidad, pág. 54
[2] Prigogine & Stengers, La Nueva alianza, pp. 192
[3] Prigogine & Stengers, La Nueva alianza, pp. 193

martes, 25 de noviembre de 2014

Finalmente la derecha dice lo que piensa. A propósito de la visita de Gloria Álvarez

Me imagino a Gloria Álvarez a bordo de uno de los pocos botes de salvamento del Titanic poco después de que el transatlántico se fuera a pique, con chaleco salvavidas y dos mantas, gritándole a una familia de náufragos chapoteando poco antes de morir congelados que lo que vaya a ocurrirles es su responsabilidad y que si se esfuerzan lo suficiente, en algún momento llegarán a tierra. Y es que esa es la concepción de la pobreza, sus causas y cómo se combate, que sustenta la politóloga guatemalteca (si creen que exagéro véanlo por ustedes mismos).
En un primer momento me pareció preocupante que nuestra derecha vernácula la eligiera de referente. Su razonamiento es infantil, simplista, frívolo, panfletario, y basado en múltiples premisas falsas. Cuando leí su decálogo dirigido a los pobres guatemaltecos –el mismo al que hice referencia antes- me indigné. Sin embargo, pasadas las horas, he reflexionado que así suele ser el pensamiento dogmático y el hecho de que nuestra derecha la idolatre no deja ser un avance en términos de transparencia. Especialmente cuando estamos terminando una campaña electoral en que la misma derecha, en un esfuerzo digno de mejor causa, se ha dedicado a negarse a sí misma y ocultarnos lo que piensa. Ahora Gloria Álvarez, por ellos invitada, nos lo dice en su nombre y con diáfana claridad.
¿Y qué nos dice Gloria? Que los pobres lo son porque no se esfuerzan, porque son borrachos, resentidos y sumisos. Que los pobres no debieran reclamar políticas sociales, sino aprender ingeniería en un cibercafé –a la derecha no le gusta que los pobres reclamen nada. Que aquellos gobiernos que impulsan medidas que benefician a las mayorías son populistas (razón por la cual, lógicamente, el primer batllismo cae en esta categoría, como ellla misma ha dejado claro), que las medidas redistributivas y los impuestos progresivos son un robo que atentan contra el crecimiento. De allí extrae algunas conclusiones: que los pobres son ignorantes y por eso votan lo que votan, y por eso América Latina está jodida: porque las mayorías votan a quienes impulsan políticas que les son favorables en lugar de votar a quienes no lo harían –a la derecha le gustaría que votaran a quienes beneficiarían a la elite; a algunos incluso les parecería mejor que no votaran. En suma, que el problema de nuestras democracias es justamente ese, que son democracias.
Las primeras son en general afirmaciones de hecho, empíricas, y pueden ser verdaderas o falsas. Ese es el caso, por ejemplo, de decir que las políticas redistributivas o los impuestos progresivos atentan contra el crecimiento, o las políticas sociales multiplican la pobreza, o, para resumir, que el Estado de Bienestar ha deteriorado la calidad de vida de las personas. Falso. Si fuera cierto Suecia estaría lleno de pobres y sus ciudadanos serían esclavos. Gloria Álvarez muestra saber muy poco de historia y economía, y no parece importarle.
Las “conclusiones” que Álvarez extrae de estas premisas falsas son naturalmente falsas, pero tienen la virtud de expresar con claridad meridiana lo medular del pensamiento de derecha. Y aquí radica lo ventajoso de su visita, porque nos ha mostrado que nuestra derecha sigue siendo derecha, que más allá de discursos new age sigue pensando que más vale combatir a los pobres que a la pobreza, que un sistema impositivo que incremente la desigualdad –como el que había aquí hasta 2007- es preferible a uno que la reduzca -como ocurre ahora- y que su motivación central es la defensa de los privilegiados. A menos de una semana de elegir presidente, habiendo aceptado que la derrota es inevitable, nuestra derecha ha optado por la dignidad de decir lo que piensa. Bienvenido sea.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sobre la debacle del Partido Colorado

La identidad batllista
Si al analizar la historia nacional José Mujica se declara blanco, yo soy colorado, o más precisamente, batllista. Por eso la situación crítica en que los resultados electorales del 26 de octubre pasado dejaron al Partido Colorado (PC) me ha motivado a reflexionar –y también a releer algunas cosas- a fin de formarme una idea sobre cuál es su situación actual y cómo se ha llegado a ella.
Mientras la debacle de 2004 podía adjudicarse en gran medida a los efectos de la crisis, interpretación que salía reforzada con la recuperación electoral de 2009, el retroceso de 2014 abona otra tesis: el Partido Colorado podría ubicarse como un jugador menor por un largo período de tiempo –algo similar a lo ocurrido con el Partido Liberal en el Reino Unido. ¿Cómo ha ocurrido esto?
Algunos creen que el presente no es más que la suma de eventos circunstanciales y la mala suerte. Así, la elección de 2004 se explica por la crisis y esta última por errores en la concreción de la fórmula presidencial y/o por la polarización entre el Frente Amplio y el Partido Nacional. Otros pensamos que la situación actual del Partido Colorado, es resultado de un proceso de tipo estructural, desarrollado a lo largo de muchos años, en los que éste fue sufriendo un proceso de cambio que ha dado lugar a lo que algunos llaman “crisis de identidad”. Es un diagnóstico al que me afilio, si por crisis de identidad se entiende el no asumir que se ha producido una mutación identitaria. Es decir que no se trata, en mi opinión, de que el Partido Colorado no sepa lo que es, sino que se niega a asumirlo.
El Partido Colorado, como los demás partidos políticos uruguayos, nunca fue una fuerza homogénea. Doctores y caudillos, principistas y candomberos, batllistas y riveristas, siempre coexistieron identidades ideológicas diversas. Sin embargo, parece claro que fue la identidad batllista lo que marcó a fuego al partido durante el siglo XX. Y es que el Batllismo, aunque no fuera el creador de su época ni el único actor relevante de su tiempo, no sólo impregnó la identidad colorada sino también la nacional. El Uruguay está lleno de personas que son batllistas sin saberlo, incluso desde edades tempranas, una convicción que surge de mi experiencia docente en educación media. Allí aprecié cómo muchos estudiantes, de apenas 13 o 14 años, solían plantear soluciones u opiniones “batllistas” ante diversos problemas y situaciones que pueden plantearse en un curso de historia (y no me refiero sólo a historia nacional, sino también universal). Es decir, sus opiniones solían tener implícita la idea de que corresponde al Estado intervenir tanto para liderar el proceso de cambio económico y social, como para defender a los sectores más vulnerables. Habían aprendido, quién sabe cómo y cuándo, las dos caras de la identidad batllista: la lucha por la construcción de un “país modelo” y el rol del Estado como “escudo de los débiles”.
Si en el Uruguay hay muchos batllistas, y al Partido Colorado lo ha votado en las últimas tres elecciones un promedio del 13% de la ciudadanía, entonces los batllistas votan a otros partidos, y no hay que ser muy brillante para saber por quién están optando. Sobre lo que me interesa reflexionar no es sobre el crecimiento del Frente Amplio, sino sobre la “huida” de los batllistas del Partido Colorado -porque más allá de los méritos que haya hecho el primero para captarlos, alguna responsabilidad debe corresponder al segundo. Esta reflexión –que, acorde al título del blog carece totalmente de originalidad- se resume en las tres tesis siguientes.

Tesis 1: la preeminencia riversita en el Partido Colorado actual es el resultado, no la causa de la debilidad del Batllismo

 La huida de los batllistas del Partido Colorado se produjo entre 1989 y 2004. En el primero de esos años muchos electores que habían votado a Sanguinetti en 1984 optaron por el recién formado Nuevo Espacio. Como consecuencia, el Partido Colorado perdió diez puntos, el Frente Amplio mantuvo su votación, y el Partido Nacional, que se incrementó en cuatro puntos, ganó la elección. En suma, que el herrerismo el principal beneficiario de esta primera fuga de batllistas. Aunque la votación del Partido Colorado pudo mantenerse en las dos elecciones siguientes –en las que el FA creció a “costa” del Partido Nacional-, dicha estabilidad se mostró transitoria. Además, el Partido Colorado nunca pudo recuperar ese 10%, volvió a hundirse en 2004, y la recuperación de 2009 resultó un espejismo. De hecho, aunque suele analizarse el crecimiento del Frente Amplio en relación a la caída del bloque de los Partidos Tradicionales, si se analiza la evolución por partidos se observa que el crecimiento de su está fuertemente correlacionado con la caída del Partido Colorado y no tanto con la del Partido Nacional. Éste último sí se recuperó de su debacle en 1999 y en 2004, a la vez que el Frente ganaba en primera vuelta, obtenía la misma votación que en 1984 (Tablas 1 y 2).

Tabla 1
Resultados en elecciones presidenciales (%)
FA
PC
PN
1984
21
41
35
1989
21
30
39
1994
30
32
31
1999
40
33
22
2004
51
11
35
2009
49
18
30
2014
49
13
31
Fuente: banco de datos de Facultad de Ciencias Sociales

Tabla 2
Correlación entre resultados electorales, 1984 - 2014
FA y PC
FA y PN
Coeficiente de correlación
-0,87
-0,40
Calculado en base a datos de Tabla 1

Es decir que las fluctuaciones del Partido Nacional sí pueden adjudicarse a factores coyunturales –como la dura lucha interna en 1999-, pero a principios del siglo XXI su situación electoral es muy similar a la de la década del ochenta del siglo XX. El Partido Colorado y el Frente Amplio, en cambio, han sufrido un proceso de sustitución estructural –en que uno ocupó el lugar del otro- que se produjo antes del surgimiento de Vamos Uruguay. Hasta donde alcanza mi conocimiento, la ciencia política ha estudiado en profundidad este proceso desde la perspectiva del crecimiento del Frente Amplio, pero ha prestado menos atención a las razones de la caída del Partido Colorado. En todo caso, puede afirmarse que ella no es responsabilidad de la agrupación que hoy predomina en el partido de Rivera. A Vamos Uruguay puede criticársele el haber sido incapaz de revertir la debacle, pero no el haberla generado. La actual hegemonía riverista es un mérito de quienes dirigieron al Batllismo durante las dos décadas que siguieron a la apertura democrática.

Tesis 2: la identidad ideológica de Propuesta Batllista (PROBA) se acerca más a los principistas del siglo XIX que a los batllistas del siglo XX

Por supuesto que dentro del Partido Colorado hay batllistas, pero no hay, en mi opinión, una corriente política estructurada que recoja la identidad batllista (con la excepción, quizá, de Ala Batllista, que en todo caso es una agrupación muy pequeña). Quienes se consideran y son considerados el Batllismo dentro del Partido Colorad (PROBA), recogen en realidad una identidad colorada anterior, la de los principistas liberales del siglo XIX. Sintomático de ello es que los principales énfasis programáticos de PROBA en esta elección se vincularon, por una parte, a lo que han percibido como un deterioro institucional –la preocupación por excelencia de la generación principista de 1873-, y por otra con su obsesión por eliminar un impuesto que sólo paga el 30% de las personas con mayores ingresos (y dentro de estos sólo afecta en forma significativa al 10% de la cúspide). Es cierto que José Batlle se oponía a este tipo de impuestos, pero ¿es que acaso fue esta la seña distintiva del Batllismo como para que quienes se reclaman sus herederos la levanten como bandera programática central? Por no mencionar que en el modelo batllista el rechazo de los impuestos a los ingresos se complementaba con una fuerte tributación a la herencia, de modo que lo que la persona no pagaba cuando ganaba lo pagaban sus herederos. En todo caso, no creo que los “batllistas” colorados de hoy tengan problemas en reconocerse herederos de la tradición del liberalismo principista del siglo XIX, a condición de que se considere al mismo José Batlle dentro de ella. Y puede sostenerse, naturalmente, que el liberalismo es consustancial al Batllismo, por lo que al ser PROBA liberal, es batllista. Pero ello supondría desconocer al menos tres elementos importantes. En primer lugar, que por liberalismo pueden entenderse cosas distintas. Es cierto que los batllistas se consideraban liberales, pero también se percibían así sus detractores, lo que -como ha mostrado Caetano-, condujo a un fuerte debate en torno a la noción de liberalismo entre una perspectiva más pasiva –libertad de- y otra más activa –libertad para. Mientras el Batllismo se identificaba con la segunda, es la primera –que tiene un referente contemporáneo en Robert Nozcik- la que expresa la corriente “batllista” del Partido Colorado actual. En segundo lugar, y vinculado a lo anterior, no debería olvidarse que para sus detractores –tanto herreristas como riveristas- el Batllismo no era un movimiento liberal, sino jacobino o incluso socialista. Un clivaje ideológico que, visto desde la actualidad, enfrentaba a un Batllismo  reformista o republicano con una oposición liberal-conservadora encarnada en el herrerismo blanco y el riverismo colorado. Finalmente, y en tercer lugar, aunque se reconozca que el Batllismo puede entrar en una definición suficientemente amplia y vaga de liberalismo, no debería desconocerse que aquello que lo distinguió no fue su preocupación por la agenda liberal clásica, decimonónica, sino justamente la idea de que el Estado debía asumir un rol dirigente en el desarrollo económico y social, a la vez que proteger a los más débiles. Y mientras en 1911 el Presidente Batlle se alegraba de que los obreros tranviarios habían ganado una huelga, los dirigentes de PROBA se preocupan por achicar el Estado y reducir impuestos a quienes más ganan.

Tesis 3: la identidad ideológica ampliamente mayoritaria dentro del Partido Colorado ha mutado hacia un liberalismo-conservador que en nuestro país ha representado el herrerismo; la crisis colorada consiste en negarse a reconocer esta mutación

Si la mayoría del Partido Colorado puede identificarse con el riverismo y quienes se auto perciben como los herederos de José Batlle han renunciado a lo que constituyó la seña de identidad del movimiento político que él fundó, acercándose más bien al liberalismo pre-batllista, entonces en algún momento el Partido Colorado sufrió una mutación radical. Los votantes batllistas abandonaron al Partido Colorado porque el Partido Colorado abandonó al Batllismo. Una transformación que no por radical fue rápida y cuya magnitud se observó con el paso del tiempo, en parte porque además de lento el proceso fue no lineal. Mientras el liderazgo de J. M. Sanguinetti presenta más de un rasgo claramente “batllista” –por ejemplo la convocatoria a consejos de salarios durante su primer gobierno, la ambigüedad ante las privatizaciones impulsadas por el herrerismo y las reformas educativa y de seguridad social en el segundo-, también es cierto que fue el mismo Sanguinetti quién lanzó la tesis de las familias ideológicas, según la cual el Partido Colorado compartía una identidad sustancial con un Partido Nacional dominado por el mayor adversario del batllismo: el herrerismo. Una teoría, la de las familias ideológicas, que no hacía más que reconocer la mutación radical de la que venimos hablando. Así, si esta interpretación es correcta, lo que vive hoy el Partido Colorado no es una crisis de identidad, sino una crisis por negarse a aceptar que ha renunciado a su identidad batllista para adoptar una nueva, de cuño liberal-conservador, que lo hermana con el herrerismo.

Para superar su situación actual, el Partido Colorado puede seguir dos caminos. Uno, que ha seguido hasta ahora más allá de cierto grado de esquizofrenia, consiste en reconocer su nueva identidad ideológica y disputarle al herrerismo la representación del pensamiento liberal-conservador. Fue la estrategia que siguió Pedro Bordaberry. El problema es que probablemente el herrerismo seguirá resultado más atractivo para ese espectro del electorado, en la medida que está ubicado allí desde hace más de un siglo. En segundo lugar, el Partido Colorado puede intentar otro viraje, poniendo de nuevo en el centro de su discurso y su programa las señas de identidad batllistas. Sin embargo, enfrenta al menos dos grandes dificultades. En primer lugar, porque para retomar banderas que ha abandonado, un partido debe primero enterarse que las abandonó. Repasando algunos análisis sobre el reciente resultado electoral pareciera que los “batllistas” del Partido Colorado son los únicos que no han podido percibir lo que todos los demás podemos ver: que el Batllismo está en el Frente Amplio. En segundo lugar, aunque hiciera ese reconocimiento y decidiera retomar las viejas banderas, debe convencer a los ciudadanos batllistas –algunos ex colorados, muchos otros directamente frenteamplistas- que posee una capacidad superior a la del Frente de llevar adelante la construcción del país modelo soñado por Batlle; algo extremadamente difícil, dado que por décadas renunció a hacerlo sin ni siquiera darse cuenta de dicha renuncia. Tal como están las cosas, lo que me parece más probable es que el Partido Colorado se consolide como el hermano menor de la coalición liberal-conservadora.

jueves, 9 de octubre de 2014

Crecimiento y desigualdad. ¿Cómo le ha ido a la clase media?

Publicado en Brecha, 10 de octubre de 2014


Pretender descifrar cómo le ha ido a la “clase media” plantea, desde el inicio, una serie de problemas. Para mencionar sólo dos, ¿cómo le ha ido en qué sentido?, y ¿de qué hablamos cuando hablamos de “clase media”? Aquí me voy a concentrar en una esfera limitada como es la del ingreso de los hogares, lo que brinda además un criterio de definición: son hogares de clase media aquellos que cuyos ingresos los ubican “en el medio”. Limitarse a una definición basada en el ingreso supone dificultades relevantes –sobre las que volveré al final de la columna-, pero tiene la ventaja de delimitar un área sobre la que se pueden señalar algunos hechos más o menos objetivos que colaboren, por lo menos, a clarificar la discusión, y que permitan distinguir lo que es opinable de lo que no lo es.
Hace casi diez años el Frente Amplio asumió el gobierno con un mandato claro respecto a la necesidad de combatir la pobreza y avanzar en la construcción de una sociedad menos desigual. Ambas cosas pueden lograrse a la vez si se produce un crecimiento pro-pobre, esto es la combinación de crecimiento en el ingreso medio con redistribución progresiva. Y ello fue lo que ocurrió en Uruguay en los últimos años. Según informa el INE, entre 2006 y 2013 el ingreso de los hogares uruguayos creció un 42% en términos reales, o lo que es igual, a una tasa acumulativa anual del 5,2%[1]; en tanto los hogares bajo la línea de pobreza pasaron del 24,2% al 7,8% del total. Esta mejora en la pobreza se vio facilitada por una caída en la desigualdad de ingreso que, medida por el índice de Gini, se redujo de 0,455 a 0,384, un cambio nada desdeñable[2]. ¿Pero cómo afectó esta reducción de la desigualdad a la clase media?
El incremento de la participación en el ingreso total de los hogares de menores ingresos supone necesariamente una reducción de la participación de los hogares con ingresos superiores. Sin embargo, éstos pueden ser hogares de ingresos altos o medios. El Cuadro 1 ilustra estas posibilidades. Partiendo de una distribución cualquiera, que en nuestro ejemplo es la que tenía Uruguay en 2006, puede arribarse a diferentes escenarios de menor desigualdad. En el escenario 1, los hogares de los tres primeros deciles incrementan su participación en el ingreso total “a costa” de los hogares de los deciles cinco a ocho -que la reducen-, mientras el 20% de los hogares de mayores ingresos –deciles nueve y diez- mantienen su participación constante. En el escenario 2, los tres primeros deciles incrementan su participación, los deciles cuatro a ocho se mantienen igual que en el punto de partida, y son los últimos dos deciles los que “pagan” la reducción de la desigualdad. Finalmente, en el escenario 3, los ocho primeros deciles incrementan su participación y los dos últimos la reducen.
Cuadro 1: Participación de cada decil en el ingreso total en diferentes escenarios de reducción de la desigualdad
Punto de partida
Escenario 1
Escenario 2
Escenario 3
Decil 1
2
3
3
3
Decil 2
4
5
5
5
Decil 3
5
6
6
6
Decil 4
6
6
6
7
Decil 5
7
6
7
8
Decil 6
8
7
8
10
Decil 7
10
9
10
11
Decil 8
12
11
12
12
Decil 9
16
16
15
14
Decil 10
32
32
28
24
Gini
0,41
0,37
0,34
0,29
Fuente: Elaboración propia

Como el cuadro 1 permite apreciar, el saber que entre 2006 y 2013 se redujo la pobreza y la desigualdad nada nos dice a priori sobre quién vio mermar su participación en el ingreso total. Pudieron haber sido tanto los sectores medios como los altos los que hayan salido “perjudicados”[3] por el estilo de crecimiento pro-pobre que se observó en el país. De modo que vale la pena preguntarse sobre cómo le ha ido a la clase media en estos años.
La caída del índice de Gini se explica porque el ingreso creció a diferentes velocidades para hogares con distinto nivel de ingreso, dando lugar a una nueva estructura de la distribución por deciles. En el Cuadro 2 se presenta la participación de cada decil en el ingreso total en 2006 y 2003 (columnas 1 y 2), la tasa de variación anual del ingreso (columna 3) y la variación acumulada en el período (columna 4), el ingreso medio de los hogares por decil en 2006 y 2013 –expresado en pesos de 2013- (columna 6), y los resultados de una ejercicio contrafactual en que se estimó el ingreso medio por decil en 2013 suponiendo que la mejora de la desigualdad no se hubiera producido, y que cada decil hubiera captado en 2013 la misma proporción del ingreso total que captó en 2006 (columna 7).
Cuadro 2: Indicadores relativos a la evolución de los ingresos y su distribución por deciles en Uruguay entre 2006 y 2013
Participación en el ingreso total
Tasa de variación anual
Variación del período
Ingreso medio por hogar (pesos de 2013)
2006
2013
2003-2013
2003-2013
2006
2013
2013
Contrafactual*

(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(6)
(7)
Decil 1
2%
3%
9,9%
94%
7.216
14.016
10.278
Decil 2
4%
5%
9,0%
83%
11.480
21.024
16.352
Decil 3
5%
6%
8,5%
77%
14.761
26.163
21.024
Decil 4
6%
7%
7,7%
68%
18.041
30.368
25.696
Decil 5
7%
8%
7,1%
62%
21.649
35.040
30.835
Decil 6
8%
9%
6,8%
59%
25.913
41.113
36.908
Decil 7
10%
10%
6,1%
51%
31.161
47.187
44.383
Decil 8
12%
12%
5,6%
46%
39.033
56.998
55.596
Decil 9
16%
15%
4,5%
36%
52.482
71.481
74.751
Decil 10
32%
26%
2,1%
16%
106.276
122.872
151.371
Total
100%
100%
5,2%
42%
32.801
46.719
46.719
(*) Estimación del ingreso medio por decil de los hogares suponiendo que no se hubieran producido cambios en la desigualdad, esto es mantenido constante la distribución por deciles del año 2006 (columna 1)
Fuente: Calculado en base a datos publicados por el INE

Del cuadro surge con claridad que, como ya señalamos, durante el período se observó un crecimiento pro-pobre, esto es, que benefició a los sectores de menores ingresos en una proporción mayor que al conjunto. Efectivamente, mientras el ingreso medio creció en algo más del 40%, el de los dos primeros deciles estuvo cerca de duplicarse en el mismo período. En el otro extremo, los hogares cuyo ingreso los ubicaba en el último decil, se vieron perjudicados por la reducción de la desigualdad. En su caso el ingreso también creció, pero lo hizo a una tasa que fue menos de la mitad del promedio, por lo que su ingreso aumentó “sólo” un 16% en todo el período[4].
¿Pero qué decir de la “clase media”?
Desde el punto de vista del ingreso, parece razonable sostener que un hogar de clase media será aquel que se ubica en torno al ingreso mediano[5], es decir que hay tantos hogares con ingresos inferiores como hogares con ingresos superiores a él. El hogar con ingreso mediano se ubicaría entre los deciles 5 y 6. Parece claro que para ellos la reducción de la desigualdad también tuvo un efecto beneficioso, ya que su ingreso creció en el entorno al 7% anual, una tasa superior al promedio, lo que les permitió incrementar su ingreso en una cifra cercana al 60% para todo el período. Si la reducción de la desigualdad no se hubiera producido, en 2013 su ingreso hubiera sido  entre un 10% y un 15% inferior. Pero incluso hogares con ingresos claramente superiores al ingreso mediano, como los de los deciles 7 y 8, salieron gananciosos del proceso de reducción de la desigualdad. De hecho, como muestra el ejercicio contrafactual (Cuadro 2, columna 7) el 70% de los hogares –los siete primeros deciles- hubieran tenido en 2013 un ingreso inferior de no haberse producido la reducción de la desigualdad. Respecto al 30% de mayores ingresos, sólo del último decil puede decirse que fue perjudicado por la mejora en la distribución, en tanto los ingresos de los hogares ubicados en los deciles 8 y 9 se vieron poco afectados por el proceso redistributivo, ya que crecieron a un ritmo similar al promedio. En suma, lo ocurrido entre los años 2006 y 2013 se asemeja más bien al tercero de los escenarios presentados en el Cuadro 1.
Parece claro, entonces, que para cualquier definición razonable de clase media en que el nivel de ingresos tenga un lugar importante, este sector no sólo no “pagó” la reducción de la pobreza, sino que se vio beneficiado por la reducción de la desigualdad, aunque en un grado menor que los hogares más pobres. ¿Cómo explicar entonces que se siga sosteniendo que la clase media no fue beneficiada –o que incluso fue perjudicada- por el estilo de crecimiento pro-pobre de los últimos años? Una posible respuesta radica en el hecho de que para que un hogar se ubique en el noveno, o incluso décimo decil, no se requiere, ni mucho menos, que sus integrantes sean “ricos”. Una pareja de profesionales, pequeños empresarios, empleados bien remunerados –como los bancarios-, o profesores universitarios, acumulan un nivel de ingresos suficiente para ubicar su hogar en el 20% o 10% de la cúspide, aunque ellos no lo perciban. Por su conciencia de no ser ricos y su estilo de vida suelen considerarse miembros de la clase media, como si hubiera tanta gente con ingresos superiores a ellos como los hay con ingresos inferiores. Pero no es así, no los hay.



[1] Se trata de una magnitud similar a la del PIB, que creció en esos años al 5,7% anual.
[2] Utilizamos los datos publicados por el INE. El Instituto de Economía (IECON)de la FCEA-UDELAR, calcula la distribución del ingreso mediante una metodología diferente, lo que conduce a un resultado algo distinto en el valor del índice, pero con una caída de similar magnitud.
[3] En realidad hay buenas razones teóricas y empíricas para sostener que vivir en una sociedad con desigualdad moderada es mejor para todos.
[4] Por otra parte, y dada la experiencia histórica del país, un crecimiento del 2,1% acumulativo anual no es despreciable.
[5] No confundir con ingreso medio.